La semana pasada, del 19 al 23 de enero, se celebró el Foro Económico Mundial 2026 en Davos, Suiza, en uno de los momentos más delicados que ha enfrentado el sistema internacional en décadas. No fue un Davos cualquiera. Fue un foro atravesado por guerras prolongadas, tensiones geopolíticas abiertas, fragmentación del comercio global y una realidad incómoda: la economía se ha convertido, de nuevo, en un arma de poder.
Como ocurre cada año, Davos dejó discursos relevantes de presidentes, primeros ministros y líderes empresariales. Sin embargo, si hay una intervención que quedará registrada como histórica, es la del primer ministro de Canadá, Mark Carney. No por su tono diplomático, sino precisamente por lo contrario: por su franqueza brutal y por poner en palabras lo que muchos gobiernos saben, pero pocos se atreven a decir en público.
Carney habló sin rodeos. Desde el inicio dejó claro que el mundo no atraviesa una simple fase de ajuste, sino una ruptura profunda del orden internacional que dominó las últimas décadas.
“Este trato ya no funciona. Permítanme ser directo. Estamos en medio de una ruptura, no de una transición”, afirmó ante una audiencia acostumbrada a discursos cuidadosamente calculados.
El eje central de su mensaje fue demoledor: el llamado “orden internacional basado en reglas” ya no opera como se nos prometió. Durante años, ese sistema permitió a muchos países —especialmente a las potencias medias— prosperar bajo la protección de instituciones multilaterales, reglas comerciales y cierta previsibilidad geopolítica. Pero hoy, esa narrativa ya no describe la realidad.
Carney fue claro al señalar el punto de quiebre:
“En las dos últimas décadas, una serie de crisis en finanzas, salud, energía y geopolítica han puesto al descubierto los riesgos de una integración global extrema. Pero más recientemente, las grandes potencias han empezado a usar la integración económica como armas, los aranceles como apalanca, la infraestructura financiera como coacción y las cadenas de suministro como vulnerabilidades a explotar.”
En otras palabras, la globalización dejó de ser un juego de beneficios mutuos y se transformó en un campo de presión y subordinación. El comercio, las finanzas y la logística ya no son solo herramientas de crecimiento, sino instrumentos de castigo geopolítico.
Ante este escenario, Carney explicó por qué cada vez más países están replanteando sus estrategias nacionales:
“Muchos países están llegando a las mismas conclusiones: deben desarrollar una mayor autonomía estratégica en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro.”
No se trata de ideología ni de proteccionismo puro, sino de gestión del riesgo en un mundo cada vez más hostil.
Sin embargo, el mensaje no fue un llamado al aislamiento. Carney advirtió que un mundo de economías fortaleza sería más pobre, más frágil y menos sostenible. La clave, sostuvo, no está en levantar muros, sino en redefinir la cooperación internacional. Aquí aparece uno de los conceptos más interesantes de su discurso: el realismo basado en valores.
“Los canadienses saben que nuestras antiguas y cómodas suposiciones de que nuestra geografía y la membresía en alianzas conferían automáticamente prosperidad y seguridad ya no son válidas”, afirmó. En su lugar, propuso una política exterior que combine principios claros —soberanía, integridad territorial, derechos humanos— con pragmatismo estratégico, aceptando que el mundo actual es más crudo y transaccional.
Uno de los momentos más citados del discurso llegó cuando Carney resumió el dilema de las potencias medias con una frase tan directa como inquietante:
“Las potencias medias deben actuar juntas, porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú.”
El mensaje es claro: competir entre países intermedios por el favor de una gran potencia no es soberanía, es subordinación.
Por eso, Carney llamó a dejar atrás la retórica vacía:
“Dejad de invocar el orden internacional basado en reglas como si aún funcionara como se anuncia. Llámalo por su nombre.”
Nombrar la realidad —dijo— es el primer paso para construir algo nuevo.
El cierre del discurso fue tan sobrio como poderoso. Sin nostalgia y sin promesas vacías, Carney reconoció lo inevitable:
“Sabemos que el antiguo orden no va a volver.”
Pero lejos de presentar esto como una tragedia, lo planteó como una oportunidad histórica.
“Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de fortalecer nuestra fuerza en casa y de actuar juntos.”
Davos 2026 será recordado por muchas razones, pero sobre todo por este discurso. Porque, más que una declaración canadiense, fue un diagnóstico global. Uno que confirma que el mundo ya cambió —y que seguir actuando como si no lo hubiera hecho es, quizá, el mayor riesgo de todos.