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México y la semana laboral de 40 horas: ¿menos trabajo o más productividad?

Mientras el Congreso discute reducir la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales, el país enfrenta una pregunta más profunda: ¿trabajar menos nos hará más prósperos o menos competitivos?

México está viviendo uno de los debates laborales más importantes de las últimas décadas. La propuesta de reducir la jornada semanal de 48 a 40 horas no es un simple ajuste técnico: representa un cambio estructural en la forma en que entendemos el trabajo, la productividad y el bienestar.

Actualmente, el país mantiene una de las jornadas laborales más largas dentro de los miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Aunque trabajar más horas no necesariamente significa producir más, sí plantea una pregunta incómoda: ¿estamos listos para producir lo mismo —o más— en menos tiempo?

Lo cierto es que si la reducción es buena o mala todavía es materia de debate. No existe una respuesta simple. Depende de cómo se implemente, del momento económico y, sobre todo, del nivel de productividad del país.

Veamos las dos grandes perspectivas.

Perspectiva 1: Primero la productividad, luego la reducción

Desde una visión económica clásica, reducir la jornada laboral sin aumentar la productividad podría generar presiones en costos para las empresas, especialmente en sectores intensivos en mano de obra.

La lógica es sencilla:
Si antes producías 100 unidades en 48 horas, ahora debes producir esas mismas 100 —o más— en 40 horas.

¿Y cómo se logra eso?

Principalmente de tres formas:

  • Más tecnología: automatización, digitalización, inteligencia artificial, mejores procesos.
  • Más educación y capacitación: una fuerza laboral más calificada produce más valor por hora.
  • Mayor especialización sectorial: sectores más sofisticados generan mayor valor agregado.

Los países que hoy trabajan menos horas no empezaron trabajando poco. Primero aumentaron su productividad durante décadas, y después pudieron reducir jornadas sin sacrificar competitividad.

Desde esta perspectiva, el riesgo para México es claro: si reducimos horas sin fortalecer productividad, podríamos perder atractivo frente a otros países, especialmente en un contexto de nearshoring donde competimos por inversión.

Perspectiva 2: Reducir para vivir mejor… y luego producir mejor

La segunda visión plantea algo distinto: la reducción de la jornada no es una consecuencia de la productividad, sino un detonante para transformarla.

Esta postura argumenta que trabajar menos horas puede:

  • Mejorar la salud física y mental.
  • Reducir el estrés y el agotamiento.
  • Aumentar la motivación y la concentración.
  • Mejorar la conciliación entre trabajo y vida personal.

El resultado esperado es que un trabajador más descansado sea más eficiente por hora trabajada.

Además, existe un argumento social poderoso: el desarrollo no debe medirse solo en PIB, sino también en calidad de vida. Si una economía crece pero su población vive agotada, ¿realmente estamos progresando?

Desde esta óptica, la reducción obligaría a empresas y gobierno a modernizarse. La presión del cambio generaría innovación. En otras palabras: el ajuste productivo vendría después.

Lo que aún no se está discutiendo suficiente

Más allá del debate ideológico, hay elementos prácticos que merecen atención:

  • No todos los sectores son iguales. Industria manufacturera, comercio informal, servicios y pymes enfrentarían impactos distintos.
  • Las pequeñas empresas podrían resentir más el cambio.
  • La informalidad laboral (que sigue siendo elevada en México) podría aumentar si la transición no se diseña cuidadosamente.
  • El costo laboral por hora subiría automáticamente si el salario semanal se mantiene.

También es importante considerar el momento económico: México compite por atraer inversión extranjera en medio de la relocalización global de cadenas productivas. Cualquier reforma estructural debe evaluar su efecto sobre esa competitividad.

Entonces… ¿beneficio o riesgo?

La verdad es que aún está por verse.

Reducir la jornada laboral puede ser un paso hacia un país más moderno y equilibrado, o puede convertirse en una carga si no se acompaña de una estrategia clara para elevar la productividad.

Probablemente la clave no esté en elegir una sola perspectiva, sino en combinar ambas:

  • Reducir gradualmente.
  • Invertir agresivamente en tecnología y capacitación.
  • Diseñar apoyos diferenciados para pymes.
  • Medir resultados con datos reales, no con expectativas.

México no necesita trabajar más horas.
Necesita que cada hora trabajada genere más valor.

La decisión no es simplemente sobre tiempo.
Es sobre el modelo de desarrollo que queremos construir.

Y esa conversación apenas comienza.